¿Cómo llegamos al descubrimiento de que queremos
meditar?
La primera iluminación, deviene de la necesidad de
aplacar un dolor, el que sea. Cada uno sabe cuàl es el suyo. El disparador para
iniciar un camino en casi todas las ocasiones, es el dolor.
Provocado por hábitos malsanos que no podemos
dejar, relaciones que reiteran situaciones, imprevistos difíciles de digerir, percepción
de pérdidas, sensación de desamparo etc.…
¿Cómo pudo pasarme esto a mí? Suele responder la
mente, y la acción se paraliza como una máquina descompuesta, o por el
contrario, genera miles de respuestas.
A veces pasan todas estas cosas juntas.
Sea cual fuere el problema, sea cual fuere la
resolución que uno ha tomado, así haya uno puesto manos a la obra del modo en
que nuestro nivel de conciencia nos permite y con las herramientas que tenemos actualmente,
la meditación aporta la calma física y la lucidez mental necesaria para llevar
a cabo el diario vivir y poder afrontar con mayor claridad y comprensión aquello
que deviene de la vida y de nosotros mismos, que es la misma cosa.
El primer paso está dado.
Para muchos maestros, ese es el único paso, no
hace falta más.
Para otros, la práctica es diaria y requiere de
nuestra constancia y empeño.
Algunos entran en contacto fácilmente a través de
la palabra, con ciertos mantras entregados por un maestro, otros a través del
cuerpo con ciertas posturas y movimientos, o por el sendero de la soledad y el
ascetismo, a través del canto, de la introspección, en grupo, por devoción, por
desapego o por acopio de energía.
Es que hay tantos modos de meditar como personas
en el mundo, y cada uno debe encontrar su propia conexión consigo mismo y el mundo que lo rodea.
Es un camino de autocuración, autoconocimiento y
autoentrenamiento.
Las herramientas van apareciendo en el camino;
personas, lecturas, situaciones, todo es alimento cuando uno ha despertado la
disposición y se siente motivado.
Entonces ¿por dónde empezar?
Respira.
Ahì donde estàs, haciendo lo que fuere que hagas,
respira.
Encuentra tu aliento, antes de salir a buscar
cualquier cosa afuera.
Lo que está ocurriendo es perfecto en este
momento, estás en el presente, único tiempo en que funciona el universo y en
que la vida está disponible.
El presente, es un regalo.
La existencia lo es.
No tenés que saber nada, no tenés que prever lo
que pasará en el segundo que sigue, no tenés que esperar nada.
Sólo en el vacío las cosas pueden acontecer, manifestarse.
Dejá el espacio.
En la respiración tomás y soltás, vivís y moríss,
te alimentas y alimentas a otros seres de la tierra; encontrás, procesás y
dejás ir.
Inspirás (te inspirás!) y luego lo entregás.
La respiración nos hace consientes de la vida
disponible aquí y ahora.
Es una de las llaves que abre las puertas de la
comprensión.
¿Qué es lo que hace la diferencia? La consciencia.
Para iniciar, basta que te dispongas a posar la
consciencia en la respiración, y observar.
Es posible que tu mente parlotee un rato; es normal, no quiere
ser acallada, su función es generar pensamientos. Entonces, si te es difícil entrar
en vacío (cada persona tiene su proceso, y esto se trata de uno mismo y de nadie
más) que esos pensamientos sean alimento benéfico, semillas que merezcan
florecer.
Cultivá pensamientos correctos (cultivar
literalmente, cada vez que los iluminás con tu conciencia, los regás y crecen)
Las verdades son simples y están al alcance de la mano.
Violeta.
